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2.10.14

Poesíagujero-negro

EL DESPERTAR 
a León Ostrov 
Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
y se ha volado y mi corazón está loco 
porque aúlla a la muerte 
y sonríe detrás del viento 
a mis delirios 

Qué haré con el miedo 
Qué haré con el miedo 

Ya no baila la luz en mi sonrisa 
ni las estaciones queman palomas en mis ideas 
Mis manos se han desnudado 
y se han ido donde la muerte 
enseña a vivir a los muertos 

Señor 
El aire me castiga el ser 
Detrás del aire hay mounstros 
que beben de mi sangre 

Es el desastre 
Es la hora del vacío no vacío 
Es el instante de poner cerrojo a los labios 
oír a los condenados gritar 
contemplar a cada uno de mis nombres 
ahorcados en la nada. 

Señor 
Tengo veinte años 
También mis ojos tienen veinte años 
y sin embargo no dicen nada 

Señor 
He consumado mi vida en un instante 
La última inocencia estalló 
Ahora es nunca o jamás 
o simplemente fue 

¿Còmo no me suicido frente a un espejo 
y desaparezco para reaparecer en el mar 
donde un gran barco me esperaría 
con las luces encendidas? 

¿Cómo no me extraigo las venas 
y hago con ellas una escala 
para huir al otro lado de la noche? 

El principio ha dado a luz el final 
Todo continuará igual 
Las sonrisas gastadas 
El interés interesado 
Las preguntas de piedra en piedra 
Las gesticulaciones que remedan amor 
Todo continuará igual 

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo 
porque aún no les enseñaron 
que ya es demasiado tarde 

Señor 
Arroja los féretros de mi sangre 

Recuerdo mi niñez 
cuando yo era una anciana 
Las flores morían en mis manos 
porque la danza salvaje de la alegría 
les destruía el corazón 

Recuerdo las negras mañanas de sol 
cuando era niña 
es decir ayer 
es decir hace siglos 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
y ha devorado mis esperanzas 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
Qué haré con el miedo 


Alejandra Pizarnik

7.12.13

Padre Eter

Tan amistoso y fiel como tú, ¡oh Padre Éter!, ninguno entre los dioses y los hombres
Me crió; antes incluso que mi madre me acogiera
Entre sus brazos y sus pechos me nutrieran,
Me asiste con ternura y vertiste bebida celestial,
El aliento sagrado, en mi pecho naciente.

No sólo de manjares terrenales se alimentan los seres;
Tú los nutres a todos con tu néctar, ¡oh Padre!,
Y desborda y avanza desde tu eterna plenitud,
Por todos los conductos de la vida, el aire vivificante.
A causa de esto te aman los seres y se esfuerzan y luchan
Sin cesar hacia ti, en su crecer gozoso.

¡Celestial! ¿No te busca la planta con sus ojos,
Y el bajo matorral tiende hacia ti sus brazos tímidos?
Para poder hallarte, la semilla cautiva quebranta su envoltura;
Para, vivificada por ti, poder bañarse en tus ondas,
Se sacude la nieve el bosque, cual ropaje que le estorba.
Y los peces también se asoman y dan brincos, ávidos, sobre la luciente
Superficie del río, como si ellos también anhelasen
Salir de su cuna hacia ti; y a los nobles animales terrestres
Se les convierte en vuelo el paso, cuando un anhelo poderoso,
Aquel secreto amor a ti, los arrebata y los exalta.

Orgulloso, el corcel desdeña el suelo; cual arqueado acero
Tiende su cuello hacia la altura, apenas toca la arena con el casco.
Como en un juego, toca el pie del ciervo el tallo de la hierba,
Tal un céfiro, salta sobre el arroyo que, espumoso, se precipita,
Aquí y allá y apenas visible avanza, errante, entre las matas.

Pero los favoritos del Éter, los felices pájaros,
Habitan y, gozosos, juegan en las eternas mansiones del Padre.
Espacio muy sobrado hay para todos. A nadie se le marca su camino,
Y grandes y pequeños se mueven libremente en su morada.
Me brindan alegría, por sobre mi cabeza, y anhela el corazón
La maravilla de ascender hacia ellos; y como de una patria amiga
Me llegan señas desde las alturas, y sobre la cima de los Alpes
Quisiera caminar y desde allí llamar al águila veloz,
Para que, como antaño al muchacho feliz a los brazos de Zeus,
Me lleve de esta cárcel al palacio del Éter.

Neciamente vagamos; como la vid extraviada,
Cuando la estaca que la guía hacia el cielo se le quiebra,
Nos esparcimos por el suelo y buscamos y andamos
Por las regiones de la tierra, ¡oh Padre Éter!, en vano;
Pues nos mueve el deseo de estar en tus jardines.

A las olas del mar nos arrojamos, a esos llanos más libres,
Para satisfacernos, mientras juega la onda infinita en torno
A nuestra quilla; el corazón se regocija ante el poder del dios del mar.
Mas no nos satisface: nos atrae el océano más hondo,
Desde donde se agita la onda más ligera... ¡Oh, quién pudiera
Conducir el errante navío a las doradas costas!

Pero, mientras añora crepusculares lejanías,
Donde con azuladas ondas vas envolviendo las riberas extrañas,
Desciendes susurrando de la copa en flor de los frutales, ¡oh Padre Éter!,
Brindas la paz a mi agitado corazón, y vivo ya gustoso,
Como antaño, con las flores que da la tierra.

Hölderlin


Florcitas que crecen libremente por el pasto de Mar del Plata