21.12.17

14,18,23...

Cuando tenía catorce años , a partir de un sueño empecé a describir a un mundo post-apolíptico con elfos y personas superpoderosas, y también a casi todos mis enamorados en la vida real -con sus nombres originales y todo-. Creo que esa primera novela inconclusa trata fundamentalmente de la búsqueda de mi propio poder, del distanciamiento de lo establecido. Escribía desde las ruinas, desde el dolor. Buscaba al movimiento y a los afectos. 
Mi segunda novela inconclusa consiste -no consistía, vive así- básicamente en un intento de cienciaficcionar a la Alegoría de la Caverna, antes de ver Matrix. Hablaba de la fe como la búsqueda por la concreción del sentido de la vida. Muy idealista y utópica, quería retratar el paso de la indiferencia cómoda y pedorra a la militancia por “La Verdad”. Yo tendría diecisiete o dieciocho. 
Como escribo diarios desde los seis años, me envuelvo un poco con las palabras en esta eterna búsqueda autoreferencial y neurótica. ¿Pero porqué el interés en la novela?
Creo que principalmente por el efecto catártico. Me lo dijo Alejo. Claramente no es lo mismo. Tanto la primera como la segunda novela inconclusa contenían una efusión de emociones que daba cuenta de todos mis estados hormonales de adolescente. Pero en esa expresión libre de raciocinios e inhibiciones, también todos mis anhelos se calzaban alas, vivían, gritaban. Un poco patético, pero igual me gusta leerlas. 
De ahí el interés en la ¿novela?¿ficción?
Supongo que esta será mi tercera novela inconclusa.

11.12.17

Alta neurosis

- Vos tenés que escribir en un blog.
Yo ya tengo un blog.
¿Yo tengo que escribir en un blog?
¿Yo tengo que escribir?
¿Yo tengo qué escribir?
¿Que tengo yo qué escribir?
¿Qué tengo yo que escribir?
¿Tengo al blog o el blog me tiene a mí?
¿A mí, a la que fui?
¿Fui?
¿Soy?
¿Qué
estoy
haciendo?

No sé por qué pero me encanta este balanceo dubitativo, esta irracionalidad meticulosa, esta discontinúa consecución.
Me gusta la idea de no saber si me vas a leer -obvio que no. Obvio que no me vas a leer-. Probablemente digas cosas -siempre decís cosas- y yo entienda que me estás dando a entender que lo entendiste. Revindico mi derecho a la flasheada, a que la imaginación colme los vacíos de sentido como se le de la gana. ¿Eso no es estética? ¿Eso es tan distinto de las casualidades y los pájaros en los hombros señalados y ordenados según otra lógica que no es la de la razón? Enjaulados...
La tensión. El deseo, la realidad. La estética, la ética. La literatura, la filosofía.
Quiero a los dos polos y no quiero a ninguno.
Pero

¿Qué carajo es querer?



26.6.17

Le dije a la preceptora que no tenía tizas y me miró con mala cara

-En esta escuela hay que traerse sus propias tizas... -me dijo.
Me dio vergüenza. Compré unas tizas.
Las tizas que no compraron ni Tagliaferro, ni Vidal, ni Macri.
¿Alguien se los pedirá?

A algunxs les molesta que se hablen tanto de estas cosas. A otrxs les molesta el frío que entra por la ventana tapada por un cartón, el agua que entra por las goteras, las letras que no se ven del todo bien en el gastado pizarrón, los empleadores que se robaron a sus compañeros y compañeras de las aulas, y el futuro gris y desesperanzador. -Y las tizas que no trae la profesora o el profesor-.

No nos van a dejar de ajustar. Pero tampoco nos vamos a dejar ajustar sin patalear.





17.9.15

Pregunta y Respuesta - primera parte

Durante años dejé a la Pregunta de lado.
No es que no notara su presencia, imposible ignorar su vocecita insistente, su persecución incansable, y lo más molesto, su destreza para deslizarse repentina y delicadamente en situaciones donde por un maravilloso segundo todo parecía haberse detenido. Esos momentos cuando la Respuesta me miraba con seriedad y empezaba a abrir la boca para hablar conmigo... súbitamente interrumpidos para siempre.
Antes no era así. Durante gran parte de la vida fuimos muy amigas. Conocía todos mis círculos, se quedaba a dormir en casa -nos quedábamos hablando hasta altas horas de la madrugada-, eramos muy compañeras. Siempre se podía jugar a algo con ella, o encontrábamos la manera de divertirnos -lo reconozco- a veces a costa de la exasperación de los demás.
No sé en que momento empecé a cansarme de jugar siempre a las escondidas. De que siempre fuera ella la que ganara por más que yo corriera todo lo que podía, de que nunca me diera una mano con las cosas prácticas -no sabe nada de matemática, ni de cocina, ni de colectivos-. Me dí cuenta que la mayoría de las personas prefería no tenerla cerca, desaparecían cuando venía. Algunos me lo admitieron, otros incluso se animaron a aconsejarme que la dejara de lado. Quizá fuera que estaba creciendo.
De a poco consideré que su amistad no valía tanto la pena. Por el contrario, todo el mundo quería estar cerca de la Respuesta, y su simpatía también me encandiló a mí. Desde lejos, parecía siempre tranquila y reposada, pero cuando intenté acercarme ella cada vez se alejaba más, sin que se le cayera nunca su sonrisita de solemne autosuficiencia, que se le pegaba también a todo aquel que orgullosamente se proclamaba su amigo. Un día desapareció de mi vista, así que emprendí otra carrera, esta vez diferente. No parecía tanto un juego como una competencia por estarle cerca. Ella nunca aparecía, pero en su lugar me abordaban personas que prometían presentármela. Los seguía embelesada, encandilada, arrastrando conmigo a todos los que tenía al costado, manoteandolos, sin ni siquiera mirarlos, no importaba quien fueran, importaba que estuvieran dentro del camino.


La llama viva


Mamerto Menapace


"Había una vez un pueblo de luciérnagas. Habitaban la falda de un cerro, en medio de las espesura del bosque, con claros para sus juegos y matorrales para guarecerse durante los días de tormenta.
La población tenía dos variantes: una llevaba las luces cerca de sus ojos y las mantenía permanentemente encendidas. Eran las tacas, o tucos. La otra, en cambio tenía su luz en el vientre pudiendo encenderla o apagarla a su gusto. Esta variedad constituia la mayoría. Se los llamaba simplemente bichitos de luz. En las noches tibias de verano su resplandor podía verse desde lejos y su fosforescencia iluminaba todo el pueblo.
Muy lejos de allí, del otro lado del valle oscuro y misterioso, brillaba otra luz. Lejana, y sin embargo tremendamente presente, aquella luz parecía tener vida propia. No era de la misma calidad que la de los demás bichos.
Era una luz viva. Aunque permanecía siempre en el mismo lugar atraía poderosamente la mirada y hasta la curiosidad de nuestro pueblo de diminutas luminarias. Su existencia y el misterio de su brillo en las noches tenía intrigadas a todas las luciérnagas. Habían surgido varias teorías para explicar su existencia. Algunas se basaban en el miedo. Otras se burlaban de ella llegando hasta faltarle el respeto. Muchos la veneraban, víctimas de un extraño embrujo , se reverenciaban ante ella como se reverencia lo desconocido, pero misterioso y fascinante. En todo caso, nadie la podía negar. Salvo los miopes o los ocupadísimos. Aunque también estos en las noches oscuras previas a las tormentas se veían obligados a reconocer su existencia.
Alguna vez había que tomar una decisión.
Entonces se convino en convocar a una asamblea general. Allí se discutió, se aventuraron hipótesis nuevas tratando de conciliar posturas irreductibles. Pero nadie quedó satisfecho. Quizá lo único que quedaba en claro era que alguien tendría que arriesgarse y traer respuestas acerca de la luz.
Varios propusieron a varios. Finalmente se levantó la luciérnaga más inteligente. Ella iría a ver, y luego contaría la verdad. Sólo pedía que, para posibilitar su retorno, la noche del regreso todas tuvieran sus luces encendidas al máximo. Como era inteligente temía extraviarse en el tenebroso valle intermedio.
Y partió. Con la vista clavada en su objeto fue fácil orientarse. Atravesó la oscuridad, dándose cuenta de que cada vez ésta era menos densa a medida que se acercaba a la luz. Y llegó. El amplio ventanal de un castillo estaba abierto ante ella dando entrada al gran salón en cuyo centro ardía un enorme cirio. El resplandor era tan intenso que tuvo que cerrar los ojos para no quedar deslumbrada. Con gran precaución comenzó a volar en derredor de la llama a la máxima distancia posible, pegada a las paredes del lugar. Su asombro crecía a cada instante, Realmente aquella luz era maravillosa. No solamente brillaba, como lo hacían las luciérnagas, sino que alumbraba y deslumbraba. Su riqueza de luminosidad era tan grande que se derramaba sobre cada objeto y lo convertía en brillante. Todo parecía participar del regalo de esa llama y ella recibía sus formas y sus colores.
Con los ojos llenos de aquel espectáculo, retornó al pueblo. Al principio se orientó por la memoria, pero, poco a poco se le fue haciendo visible el resplandor de sus hermanas que alumbraban el regreso. A su llegada contó con lujo de detalles todo lo visto. Había quedado embelesada por aquella luz tan rica que se derramaba sobre todas las cosas y permitía verlas, distinguirlas, reconocerlas. Respondió a todas las preguntas que le hicieron y lo único que logró fue aumentar en su pueblo la fascinación y el ansia de conocer en profundidad la verdad de aquella luz. Porque ella sólo había visto. No había tocado, no había sentido, no podía decir nada, en verdad, sobre la luz misma. Sólo podía informar sobre sus efectos.
Se hacía necesario insistir. Y esta vez se ofreció la más corajuda.
Orientada como su amiga sobrevoló el valle tenebroso poniendo proa hacia el castillo. Entró por el ventanal y luego de imitar a su predecesora, hizo alarde de su coraje y comenzó a acercarse a la llama. Comenzó a sentir su calor. Constató que le comunicaba vida, fuerza, energía. Se sintió revitalizada y con nuevos bríos. Se le fue el frío que traía de su largo vuelo. Le pareció renacer. Y llena de alegría por su descubrimiento, se lanzó hacia la oscuridad de la noche rumbo a su pueblo que la esperaba ansioso.
Su llegada conmocionó a todos.. Su entusiasmo era tal que ella misma parecía hacer partícipes a sus compañeras de aquello que había logrado asimilar de la Llama Viva, fuente de calor y energía. Casi no necesitaba explicar lo sucedido. Se diría que ella misma irradiaba lo vivido. Y esto, en vez de calmar la ansiedad y la fascinación de las luciérnagas, terminó por plantearles con fuerza inusitada la pregunta:
-¿Quién es esa luz?
A esta pregunta la corajuda no podía responder. Ella podía hablar de los efectos sentidos, del calor y de la vida. Pero no tenía experiencia de la llama misma. A pesar de su coraje no se había animado a tocar. Temía entregarse a algo desconocido y que podría haberla consumido...
Pero la pregunta estaba planteada y había que responderla. ¿Quién se ofrecería?
En medio del silencio se sintió una voz chiquita y arrobadora. Era la de la soñadora.
- ¡Voy yo! -dijo sin dudar.
El asombro fue mayúsculo. Nadie la tomaba en serio en el pueblo de luciérnagas. Tenía una imaginación tan frondosa! y un lenguaje tan fantasioso, que cuando quería explicar algo nadie le entendía. ¡Vaya a saber qué explicación traería a su regreso!
Pero su deseo de volar era tan grande y su voluntad tan inquebrantable que partió, fascinada por la luz. Entró por el amplio ventanal con los ojos dilatados clavados en la Llama Viva. Y se dejó seducir. ..
Desde el lejano pueblo se vio un instantáneo, pequeñísimo estallido de luz. Y allá se quedó ardiendo, unida para siempre a la llama que no consume, asume.
Nunca regresó para llevar respuestas. Se quedó allá generando preguntas.
Desde entonces en el pueblo de luciérnagas se sabe que algo de ellas les manda mensajes de luz desde la Llama Viva.
Entre ellas sigue habiendo inteligentes y corajudas. Y seguramente seguirá habiendo soñadoras."


25.8.15

La taza

La taza blanca reposaba sobre un mantel, con una serenidad orgullosa que ignoraba la fragilidad de su constitución. La luz del sol, caminando desde la ventana del comedor le arrancaba suaves destellos transparentes que matizaban su pulcra superficie, mientras una cuchara hacía bailar al café dulzón y remolonero que se arremolinaba en su interior. 
Una mano cruzó la mesa y tomó con delicadeza la delgada manija que colgaba como un rizo firme desde su borde superior, acercándola con rigidez hasta unos labios muy coloridos que se apretaron contra ella, y que al despegársele dejaron detrás suyo una mancha roja y pegajosa. Enloquecida del espanto, la taza deseó restregarse por todo el mantel con tal de deshacerse de la blasfemia del pegote que apagaba su resplandor. Por eso en un primer momento se relamió con coquetería cuando sintió unos dedos regordetes frotando su costado con alevosía. Pero en el mismo instante en que se le ocurría que en realidad ese contacto era demasiado brusco, y el anhelo por quitar la mancha resultaba desmedido, las manos que la sostenían se enredaron en su intento por devolverle su intachable blancura, los dedos presurosos tropezaron entre sí, y la tacita rodó por la mesa antes de alcanzar el suelo, ya sin ninguna parsimonia. Su elegancia se desparramó por el piso junto con el café, al tiempo que un aullido de disgusto y sorpresa interrumpía el murmullo que hasta ese momento rellenaba el desayuno dominguero.
Y como el descontento por el mantel empapado asumió el rol protagónico del incidente, el borde cascado de la tacita caída quedó relegado a un segundo plano. Entre correteos por restaurar lo más rápido posible la tranquilidad de la escena, alguien reparó con irritación en el borde discontinúo y ocultó desdeñosamente a la taza arruinada en una estantería. 
Mientras las puertas del mueble se cerraban detrás suyo, dejándola a oscuras, manchada por fuera y por dentro, lastimada, sin reparación y relegada al olvido, la taza no dijo palabra. 
Tras años de quietud y silencio se olvidó primero de la luz y después de sí misma. Solo el creciente polvo atestiguaba su lento envejecer solitario, en ese estante donde el tiempo y el espacio se pisoteaban el uno al otro, anulando la historia de la taza, confundiéndola con la oscuridad. La amargura de aquella estantería fue larga, pero no podía durar para siempre. Algún día la luz iba a llegar hasta aquel interior solapado, desplegando el espacio, trayendo devuelta al tiempo. Las puertas se abrieron -¡por fin!- de par en par, en un movimiento unánime y creador. La taza volvió a ser la taza en el instante en que una mirada curiosa se detenía sobre ella. Sin esperarlo, fue sostenida por manos que hicieron caso omiso al polvo gris de su superficie. Le parecieron incómodos esos dedos que con suavidad y firmeza trataban de rejuvenecerla. De pronto se sintió invadida, evaluada. Recordó su rotura, su incompletitud, y quiso volver al estante oscuro para olvidarse otra vez de si misma, para no sufrir tal vergüenza. Estaba convencida de que esa interrupción de su soledad no podía estirarse mucho más, pero volvió a sorprenderse cuando cayó en la cuenta de que ese momento se prolongaba, y ella seguía sin ser devuelta a su lugar. No le quedó otra opción que animarse a sentir el abrazo de aquellas manos, y volvió su atención al que la miraba. Un niño la había alcanzado, estirándose para hurgar en aquel estante. En sus ojos se reflejaba ese el respeto que saben guardar algunas personas por aquellas cosas en desuso portadoras de historias viejas y desconocidas. Esa mirada quería desentrañar el valor olvidado de la taza. Ilusionado por su pequeño descubrimiento, el niño la sumergió bajo el grifo de agua. Lavó todas sus manchas e incluso fregó su herida. La taza, anteriormente incómoda y esquiva, ronroneaba mimada por la suavidad de un repasador, acunada por esas manos que la hacían intuir su valor, sin poder creerse dueña del brillo y la blancura recuperados. Y en el momento en que –agradecida- deseaba tener algo de sí para darle a quien la había salvado, este la llenaba hasta el borde con agua fresca y sumergía en ella una flor que se alzaba más allá de su borde lastimado, perfumando toda la cocina.



Victoria

Comunicación trexiana

-¿Entonces nos buscas a las 9?
-Sí, dale.
-Te noto... ¿medio mala onda la trexis?
-Mmm... no. No, no. Mala onda no.
-¿Entonces?
-Es que estoy en modo práctico la trexis, quiero seguir leyendo.
-Ah, bueno bueno, te amo la trexis. Seguí nomás.
-Yo también. Nos vemos en un rato, la trexis.


A la trexis nunca le gustó hablar por teléfono.
Y además los celulares se le pierden.
Y tampoco usa mucho la computadora.


2.10.14

Poesíagujero-negro

EL DESPERTAR 
a León Ostrov 
Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
y se ha volado y mi corazón está loco 
porque aúlla a la muerte 
y sonríe detrás del viento 
a mis delirios 

Qué haré con el miedo 
Qué haré con el miedo 

Ya no baila la luz en mi sonrisa 
ni las estaciones queman palomas en mis ideas 
Mis manos se han desnudado 
y se han ido donde la muerte 
enseña a vivir a los muertos 

Señor 
El aire me castiga el ser 
Detrás del aire hay mounstros 
que beben de mi sangre 

Es el desastre 
Es la hora del vacío no vacío 
Es el instante de poner cerrojo a los labios 
oír a los condenados gritar 
contemplar a cada uno de mis nombres 
ahorcados en la nada. 

Señor 
Tengo veinte años 
También mis ojos tienen veinte años 
y sin embargo no dicen nada 

Señor 
He consumado mi vida en un instante 
La última inocencia estalló 
Ahora es nunca o jamás 
o simplemente fue 

¿Còmo no me suicido frente a un espejo 
y desaparezco para reaparecer en el mar 
donde un gran barco me esperaría 
con las luces encendidas? 

¿Cómo no me extraigo las venas 
y hago con ellas una escala 
para huir al otro lado de la noche? 

El principio ha dado a luz el final 
Todo continuará igual 
Las sonrisas gastadas 
El interés interesado 
Las preguntas de piedra en piedra 
Las gesticulaciones que remedan amor 
Todo continuará igual 

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo 
porque aún no les enseñaron 
que ya es demasiado tarde 

Señor 
Arroja los féretros de mi sangre 

Recuerdo mi niñez 
cuando yo era una anciana 
Las flores morían en mis manos 
porque la danza salvaje de la alegría 
les destruía el corazón 

Recuerdo las negras mañanas de sol 
cuando era niña 
es decir ayer 
es decir hace siglos 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
y ha devorado mis esperanzas 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
Qué haré con el miedo 


Alejandra Pizarnik

1.10.14

Susurros en Ética

-Chh, #nombredefraile...
-¿Qué?
-¿Vos crees en los ángeles?
-Sí, creo. -cuenta a nuestros compañeros con el dedo índice- Creo que estos son ángeles. 
-¡!

*La identidad de los interlocutores de esta conversación ha sido protegida para resguardar eventuales excomuniones. 

3.9.14

No consumirse, volver a encenderse

Los duendes del fuego

Simone Weil

El baile continuaba y continuaba... Los duendes daban saltos en su feliz zarabanda, más alto, siempre más alto. Los vestidos de luz se rozaban, rojos, amarillos, naranja dorado, proyectando a su alrededor destellos fantásticos. Danzaban, los duendes del fuego, sobre los leños crujientes y la madera cortada, danzaban con embriaguez, brincando y chocando entre sí. 
Danzaba, danzaba siempre, el pueblo feliz de los flogos, conducido por el más grande, el emperador, el Mégistos. Saltaban siguiéndole, deteniéndose a veces para besar sus pies ardientes.
Danzaba, danzaba siempre, el pueblo de almas cándidas, de las almas de los niños que no han nacido todavía; esperando su turno para llegar a ser humanos, los duendes se perseguían sobre los leños crepitantes.
De repente surgió un gran destello y todos lanzaron ardientes chispas: por encima del fuego llameante una llama había elevado su cabeza altiva. Y, entre el ruido crepitante, se escucharon estas palabras: Phaidros Mégistos estin, "Fedro es Mégistos [el más grande]".
Y la cabeza brillante de Fedro se iluminó de orgullo, mientras que todos, grandes y pequeños, le besaban humildemente los pies y le preguntaban: "¿Cuál es tu deseo?"
Él dio entonces la mano a su bella prometida, Crisé, con el vestido de oro, y danzó una órchesis, la danza más exquisita de los flogos, en la cual no se dintinguían más que torbellinos de llamas azules, rojas y doradas, donde el ojo no podía seguirlas, donde todos se confundían entre sí en una polvareda ardiente.
Repentinamente todo se volvió oscuro y una voz sollozante gritó crepitando: "¡Fedro Mégistos ya no existe!¡Fedro Mégistos ha muerto!".
La danza cesó, tan sólo algún que otro brinco rítmico, y todos dejaron allí sus colores brillantes y se pusieron sus ropas de duelo de un azul lívido. Lloraron silenciosamente lágrimas de oro.
Transcurrido algún tiempo, todos, salvo Crisé, se pusieron de nuevo a bailar, colocándose a la cabeza de los danzantes el duende Céfalo.
Pero por un instante, en medio de los estallidos de risa, pudieron escucharse sollozos desesperados. 
De repente cientos de chispas sollozantes se abatieron sobre los danzantes, lanzadas con tal fuerza sobre ellos que les obligaron a postrarse. Todos se pusieron lívidos de miedo. Cuando de golpe se vio tras un leño la cabeza del duende Cleto, el cual portaba el talismán de Fedro. Porque como bien sabéis, niños, todo flogo lleva bajo su ropa el talismán que le otorga su altura, su color y su belleza, y su robo está penalizado con la muerte.
"¿Ha robado el cadáver?", exclamó con horror Crisé abalanzándose sobre el leño. Pero las chispas la obligaron a recular.
Y todos, pálidos, escucharon el ruido de una lucha encarnecida. Repentinamente se elevó una sombra de un azul lívido, mientras que todos, con los ojos cerrados, exclamaron: "¡El fantasma de Fedro!". Cuando los volvieron a abrir, la aparición se había esfumado.
Todo el entorno se hallaba sumido en la sombra. Sólo las cenizas estaban rojas. 
Muy pronto, las chispas cesaron, y los flogos gritaron "Milagro", porque Fedro apareció más brillante que nunca. 
Emera, en efecto, lo había aturdido, pero no matado, y le había cogido su talismán. Cuando Fedro recobró el sentido, pelearon. Fedro, despojado de su vestido, debió huir un instante hacia el baile, pero muy pronto se arrojó sobre Emera y la degolló. 
Fedro se echó en brazos de su bella prometida con el vestido de oro (acto que representa la ceremonia de casamiento entre los duendes) y danzaron una órchesis endiablada, girando más deprisa que el viento, arrojando chispas, donde no se les podía distinguir, donde centelleaban, tras el velo de una polvareda de oro. 

-Traducción de Adela Muñoz Fernández-, Editorial Trotta. 
Simone escribió esto cuando tenía solamente 11 años. 

Basta

No quiero omblilogos disfrazados, quiero diálogos auténticos.
No quiero diminutivos entre dientes, quiero nombres completos con ojos de frente.
No quiero conjuntos de individuos en serie, quiero comunidades.
No quiero soldados atrincherados en sus posiciones y posesiones, quiero personas libres de sí mismas.
No quiero miedos, quiero confianza casi temeraria.
No quiero un sopor mediocre, quiero vigilia y atención.
No quiero ambición, quiero despojo.
No quiero automatismo, quiero búsqueda.
No quiero discursos repetidos, quiero palabras propias.
No quiero conveniencias, quiero corazones.
No quiero pretensiones de grandeza, quiero asumir mi hormiguitez.
No quiero masificación, quiero singularidades y alegría por la alteridad.
No quiero miradas altaneras y manos estirándose desde las alturas, quiero barro en los pies y abrazos.
No quiero silencios esquivos, cómodos o cobardes, quiero sinceridad resuelta y debates llenos de valentía.
No quiero todo lo que queremos, quiero lo que necesitamos.
No quiero desesperanzas, quiero compromisos.
No quiero naturalizar el dolor del otro, ni racionalizarlo, ni explicarlo, quiero hacerme cargo, sufrirlo, acompañarlo -y si se puede atenuarlo-
No quiero reclusiones en el propio ser, quiero apertura al infinito que se asoma en cada cosa y persona, quiero amor.
¡No quiero más verdades herméticas y respuestas rimbombantes! ¡Quiero preguntas risueñas y a una vida que pide ser compartida!



27.8.14

Un momento



¿Quién soy yo? ¿el sí, el no, su reconciliación?
Somos viajeros enloquecidos,
si al final el sol saldrá y se llevará
todas las lágrimas de amor

Los árboles verdes son, 
el cielo es azul,
el universo mira
de qué color eres tú. 

Todo lo que me hacía falta para abrazar mi incertidumbre era, en una noche fría, un escaloncito de alguna esquina de Buenos Aires, una canción filoflashera, un chocolate, una gran frazada y una amiga enorme.

Y segundos después el guardia del edificio puso fin a mi abrazo, reclamando nuestra retirada, acusándonos implícitamente de pseudo-linyeras.


20.8.14

En clase de Filosofía Contemporanea

Hablando de que Rosenzweig asume su pertenencia a una tradición judía, admitiendo que las ideas no se pueden desligar de la palabras -¡todo lo que pensamos lo pensamos hablando!¡en diálogos!¡en el tiempo!- y de como las palabras en esa tradición tienen realidad efectiva, instituyen ideas y realidades

-Santi... me quiero convertir al judaísmo.
-¡Dije lo mismo ayer mientras lo leía!-con lágrimas en los ojos-¡Son superiores!

Un Dios que baja de la montaña

"Con justicia se han desmoronado los templos de los dioses; con justicia se guardan en museos sus estatuas; su culto, hasta donde fue ordenado y reglado, debió de haber sido un monstruoso desatino, pero la jaculatoria que se elevó a ellos desde pechos torturados y las lágrimas que el padre cartaginés vertió cuando ofreció a su hijo en sacrificio a Moloch, no pueden no haber sido vistas, no haber sido escuchadas. ¿O acaso Dios tendría que haber estado esperando sentado sobre el Sinaí o incluso sobre el Gólgota? No, así como del Sinaí o del Gólgota no parten caminos sobre los cuales con seguridad Dios pueda ser alcanzado, así tampoco Él puede haberse negado a salir al encuentro de aquel que lo buscó sobre los caminos e herradura en torno del Olímpo. Ninguno de los templos construidos está tan cerca de Dios como para que el hombre puede confiarse de esta cercanía, ni ninguno está tan lejos como para que su brazo no pueda extenderse con facilidad hasta allí; ninguna dirección desde la cual Él no pueda venir, sí, ninguna dirección desde la cual Él no pueda venir, ninguna desde la cual debiera necesariamente venir, ningún tronco caído en el que Él alguna vez no haya fijado morada, y ningún Salmo de David que no llegue siempre a sus oídos". 

Franz Rosenzweig

El sol compartiéndose generosamente en la capilla del Máximo

13.8.14

Una fe que se banca los trapos del sinsentido

Hoy escuché por ahí algo parecido a esta cosa: "Para el hombre creyente resulta muy lejana la vivencia del sinsentido. La fe vuelve a la casualidad causalidad, es luz que nos previene de ese mar de oscuridad".
¡Qué reverenda paparruchada!
Caminando por la vida, me encontré un puñado de personas que me hablaron del ateísmo como una decisión deliberada para no hacerse responsable de una vida bajo la mirada demandante de una naturaleza superior. Como si simplemente la persona no-creyente estuviera embebida en el imaginario social de una sociedad ateizadora, y eligiera libremente la no-creencia.
Siempre creí tener buenas razones para creer. Las mejores son las menos racionalizables: El abrazo fuerte de una amiga en un momento terriblemente necesario, una repentina combinación de luz y viento en mi cara, la mano de un desconocido temblando de emoción entre las mías, y el encuentro con una Persona que ilumina todos mis días.
Pero también pude considerar desde temprano una igualmente larga lista de "sinrazones" para no hacerlo. La búsqueda de una respuesta propia y la rebeldía frente a lo establecido me parecen más valientes que colgarse una cadenita religiosa por facha, rezar cada domingo en misa por los que sufren de la mano de un ser querido, llegar a casa y pensar "¡qué horror!" frente al crimen mounstruoso que están pasando en el noticiero, mientras se come una pizza y se ríe con algunos amigos. Una pequeña voz en nuestra cabeza amaga a explicarnos que hay muchas cosas que no tienen explicación... pero no le damos mucha bola.
Todos lo hacemos. Un poco por lo menos. Pareciera que tenemos que darle la espalda a ese abismo de oscuridad para hacer felices. Entonces la mayoría del tiempo pensamos en nuestras carreras, laburos y eventos sociales. Cada tanto algún medio de comunicación se deleita dándonos una noticia particularmente sangrienta. Quizás lo comentemos con alguien y pensemos que esas cosas no pueden seguir pasando... Pero que pasan. Y nosotros también pasamos, pero por al lado, muy cerca y muy lejos del nene muy flaquito al que mandan a pedir monedas en el tren, del cartel de la chica desaparecida que aparece en algunos postes de la estación, de las noticias de la guerra en Islam.
Pero alejándose un poco de la mediocridad común de esta época a veces muy tibia, hay otros dos tipos de personas -con infinita cantidad de grados intermedios- que eligen no hacerse los boludos frente a la pregunta por el mal, por la casualidad nefasta, por todo lo que no podemos entender o racionalizar.
Por un lado están los ateos que se le animaron a esta cosa muy poco confortable de la vida. Que buscan su respuesta negando toda otra respuesta. Que reconocen que hay cosas que en este mundo son una mierda. Y por supuesto que es un panorama bastante triste y desolador el suyo. Pero la fe no se contrapone a esa desolación.
Este es el tercer camino, la fe que abraza ese abismo. ¡El Dios del cristianismo muere en la cruz! ¿Cómo la religión del crucificado puede ignorar eso?
¡Entonces si qué podemos como creyentes entender al filósofo bigotudo que se enfrenta al cadáver de Dios, al horizonte borrado, a un planeta fuera de órbita! ¡Nadie está tan lejos del sinsentido!
Creo que una fe más auténtica mira al miedo a los ojos, y se agranda con la oscuridad. Necesitamos personas portadoras de este tipo de fe, una fe que se banque los trapos del sinsentido. Una fe que asuma el dramatismo de la vida y todas las tormentas, una fe que no sea un salvavidas, que no busque explicar y controlar al dolor, sino acompañarlo, resignificarlo, pero viviendolo, sufriendo en carne propia todas las injusticas del mundo. Una fe que sea el fundamento de la vida, el pilar para crecer y elegir el Bien cada día. Una fe que nos saca de la cama los días de lluvia, que nos pide que nos entreguemos a los demás, ¡pero a los demás en concreto!¡A cada persona que, podemos creer, vale todo el mundo! Una fe humilde que nos permita asumir el lugar que nos toca en este mundo y disfrutar todo lo bueno que tenemos para a su vez ofrecerlo. Una fe que se pregunte "¿Y si no?¿Qué?" y que, animada por pequeñas respuestas resplandecientes, se anime a dar el salto al otro lado del abismo negro, sabiéndose siempre pobre y pequeña, y también movida eternamente por el Misterio que se muestra por delante y por detrás, en luz y oscuridad.


"Hay que amar a Dios como si no existiera"
-Simone Weil

"La confianza y la seguridad se llevan a las patadas"
-Lucho S.J


Incaminables

"Tenemos caminos dentro de nosotros mismos que nadie jamás conocerá"

- Rumi

Estación de tren de Ituzaingó, masomenos a las 8 de la mañana

11.8.14

Con Beto en el recreo de psicología

- Mirá, la típica de Freud, la que escuchás en cualquier homilía, es que una adultez plena se trata de amar y trabajar. Esas dos cosas son las que hay que hacer en la vida.
- Uf, ¡estoy al horno! Qué difícil. ¡Qué poco que trabajo!¡qué mal que sé amar!
- Vicky, ¡así estamos todos!


7.8.14

Keane- You are young


Fearful child have faith in brighter days
Stay home 'til this darkness fades away
Lie still beside me
I'll hold you now, I'll hold you forever

Winter's hand will freeze your heart again
Doors will close, no time to start again
Nothing is given
Except the ties that hold us together

Lay down your load
Cause every day it's gonna grow
And bask in the sunshine
Try to pay no mind
Try to pay no mind at all

To all the things that you don't know
You've got time to realize you're shielded by the hands of love
Cause you are young

Fading light may make a fool of me
Courage fails, strengths slip away from me
Lie still beside me
And hold me now, and hold me forever

Lay down your load
Cause every day it's gonna grow
These days are sacred
Hey now, don't be scared
Baby, don't be scared at all

Of all the things that you don't know
You've got time to realize you're shielded by the hands of love
Cause you are young
You've got time, you've got to try
To bring some good into this world
Cause you are young
Cause you are young



-A veces yo le canto a Dios, a veces me canta Él-

4.8.14

¿Por qué me hago un té con mucho limón y me siento enfrente del monitor?

¿Por qué miro con desdén las últimas cosas que compartí y me asqueo un poco de algunas etiquetas, pero en vez de huir despavorida del espectáculo de mi inmadura interioridad desde siempre apresuradamente exteriorizada, vagabundeo un poco por la página, le cambio la imagen de fondo -intrépida de mí-, pongo un título muy diferente al de mi canción preferida -que encabezaba esto desde su más tierna infancia, allá por 2010-, y pienso mientras escribo alguna dirección nueva, no preocupándome tanto por su originalidad, o por su capacidad de reflejar el espíritu de estos escritos, sino más bien aterrorizada ante la idea de que alguna persona no se haya despistado ante el cambio precedente y pueda reconocerme? -Si vos Joaquin estás leyendo esto, es probable que mis maniobras evasivas no hayan funcionado. Pero estoy tranquila porque, aunque sé muy poco de tecnología, creo que esta es una área en la que elegantemente te paso el trapo-.
Soy muy insegura. 
Soy muy enredada.
Soy implacable y exageradamente tenaz en mi poca constancia.
Pero sin embargo... 
Quiero publicar mis palabras.
Y no es que me esté resultando muy fácil, hace más de medio año -por lo menos, me da fiaca pensar si más- que no publico nada, y aunque mi estilo sea muy personal, esto no puede parecerse mucho a mi diarito espiritual, verborrágico y desvergonzado. Si bien siempre termino dejando a mi pudorosa alma un poco en bolas, pretendo en este espacio ofrecer una versión más estética y refinada de mi búsqueda impulsora. 
Porque es eso lo que intento también por otros medios y lo que en este momento logra enfriar a mi tecito: me muero de ganas de compartir mi búsqueda.
Porque sé que mis palabras son atolondradas, a veces superficiales, mis análisis vagos y subjetivos y que tengo los cables cruzados. Pero también sé que lo único que tengo es mi Pregunta, y quiero compartirla.
Porque soy la única persona en todo la tierra que está adentro de mis zapatos -mejor dicho de mis medias, nunca me pongo zapatos-, y desde mis ojos se ve todo un universo. 




7.12.13

Padre Eter

Tan amistoso y fiel como tú, ¡oh Padre Éter!, ninguno entre los dioses y los hombres
Me crió; antes incluso que mi madre me acogiera
Entre sus brazos y sus pechos me nutrieran,
Me asiste con ternura y vertiste bebida celestial,
El aliento sagrado, en mi pecho naciente.

No sólo de manjares terrenales se alimentan los seres;
Tú los nutres a todos con tu néctar, ¡oh Padre!,
Y desborda y avanza desde tu eterna plenitud,
Por todos los conductos de la vida, el aire vivificante.
A causa de esto te aman los seres y se esfuerzan y luchan
Sin cesar hacia ti, en su crecer gozoso.

¡Celestial! ¿No te busca la planta con sus ojos,
Y el bajo matorral tiende hacia ti sus brazos tímidos?
Para poder hallarte, la semilla cautiva quebranta su envoltura;
Para, vivificada por ti, poder bañarse en tus ondas,
Se sacude la nieve el bosque, cual ropaje que le estorba.
Y los peces también se asoman y dan brincos, ávidos, sobre la luciente
Superficie del río, como si ellos también anhelasen
Salir de su cuna hacia ti; y a los nobles animales terrestres
Se les convierte en vuelo el paso, cuando un anhelo poderoso,
Aquel secreto amor a ti, los arrebata y los exalta.

Orgulloso, el corcel desdeña el suelo; cual arqueado acero
Tiende su cuello hacia la altura, apenas toca la arena con el casco.
Como en un juego, toca el pie del ciervo el tallo de la hierba,
Tal un céfiro, salta sobre el arroyo que, espumoso, se precipita,
Aquí y allá y apenas visible avanza, errante, entre las matas.

Pero los favoritos del Éter, los felices pájaros,
Habitan y, gozosos, juegan en las eternas mansiones del Padre.
Espacio muy sobrado hay para todos. A nadie se le marca su camino,
Y grandes y pequeños se mueven libremente en su morada.
Me brindan alegría, por sobre mi cabeza, y anhela el corazón
La maravilla de ascender hacia ellos; y como de una patria amiga
Me llegan señas desde las alturas, y sobre la cima de los Alpes
Quisiera caminar y desde allí llamar al águila veloz,
Para que, como antaño al muchacho feliz a los brazos de Zeus,
Me lleve de esta cárcel al palacio del Éter.

Neciamente vagamos; como la vid extraviada,
Cuando la estaca que la guía hacia el cielo se le quiebra,
Nos esparcimos por el suelo y buscamos y andamos
Por las regiones de la tierra, ¡oh Padre Éter!, en vano;
Pues nos mueve el deseo de estar en tus jardines.

A las olas del mar nos arrojamos, a esos llanos más libres,
Para satisfacernos, mientras juega la onda infinita en torno
A nuestra quilla; el corazón se regocija ante el poder del dios del mar.
Mas no nos satisface: nos atrae el océano más hondo,
Desde donde se agita la onda más ligera... ¡Oh, quién pudiera
Conducir el errante navío a las doradas costas!

Pero, mientras añora crepusculares lejanías,
Donde con azuladas ondas vas envolviendo las riberas extrañas,
Desciendes susurrando de la copa en flor de los frutales, ¡oh Padre Éter!,
Brindas la paz a mi agitado corazón, y vivo ya gustoso,
Como antaño, con las flores que da la tierra.

Hölderlin


Florcitas que crecen libremente por el pasto de Mar del Plata